Burundi: palabra que llena la boca al pronunciarla, de sonoridad Africana y con final esperanzador.
Allí, es donde había pasado ya, lo que a ella le parecía, más de media vida.
Huma, la mejor amiga de Anaís no permitiría que se quedara en casa y menos el día que su hija cumplía seis años. Debia volver a la normalidad de occidente.
Al sacar la tarta, soplar las velas y cantar el cumpleaños feliz un payaso entró en el comedor del espacioso piso de Huma.
-¡Hola niños y niñas!
Los pocos adultos de la fiesta se sentaron en el sofá, incluida Anaís, los pequeños rodeaban el payaso y le miraban fascinados desde el suelo.
Anaís miraba el espectáculo como si fuera la primera vez que viera un hombre con peluca de rizos anaranjados, pantalones anchos, nariz de patata y zapatos rojos. Sin perder detalle escuchaba las risas de los niños como si hiciera siglos que no oyera una carcajada o como si los niños blancos expulsaran un sonido distinto al reír. Parecía estar absorta en esos pequeños dientes de leche que mostraban los chicos sin disimulo; algunos lucían huequecillos donde se les escapaba el aire, fruto del crecer.
-Necesito una mamá o un papá. Un voluntario, un adulto esta vez.
Todos los padres sonrieron pero ninguno quiso levantarse del cómodo lugar donde estaban sentados. El payaso se acercó al sofá i cogiendo la mano de Anaís e inclinando la cabeza preguntó:
- ¿Me permite?
Ella se levantó insegura y siguió al colorido hombrecillo que iba balanceando la cabeza haciendo mover los rizos color calabaza.
-¿Como se llama señorita?
-Anaís- dijo tímidamente.
-¡Aaaaaaaaaah! Anaís repitió el payaso.
Anaís flor del ceibo. Susurró antes de besarle la mano.
-¿Como? Dijo ella sin pensar.
-¿No conocéis la historia de la reina Anaís?
-Nooooooooooooooooooooo- respondieron los pequeños.
-¿Quereis que os la cuente?
-Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
El payaso hizo sentar a Anaís en una silla en medio del salón y arrodillado, narró la historia.
La leyenda cuenta que la mujer que tenéis aquí delante fue una india, una reina guaraní. La belleza no era su don, como en todos los cuentos que se conocen, sino su voz. Tenía la voz más hermosa de todo el mundo. Sus canciones eran conocidas en su poblado como las más dulces. Un día fue capturada por los enemigos de su pueblo y acabó dando la vida por ellos. Al estar prisionera logró escapar matando a su carcelero pero este acto fue el que la condenaría a la hoguera. Mientras la quemaban, poco a poco, la reina Anaís se fue transformando en la flor del ceibo.
- ¿Sabéis como es la flor del ceibo, niños?
- Nooooooo.
- Es una flor muy, muy, muy roja. Tan roja como la sangre. Tan roja como los labios de nuestra reina guaraní.
Todos los niños aplaudieron y de esta forma dejaban a Anaís sonrosada, volver al sofá notando los palpitos de su corazón acelerados.
Solo había oído una vez esa historia, ya no la recordaba; pero sumergiéndose en los ojos azules de ese rostro maquillado de blanco, intentando retener esa mirada profunda, buscando algún punto de referencia no cubierto por la pintura o por esa nariz roja, reconoció a quien una vez se la contó dulcemente al oído.
