medio muerta, con los pantalones mojados hasta las rodillas, despues de un dia patetico y una ojeras tridimensionales, os dejo el final. Ah! y ¡achuchus!
Tercer acto
- Miguel- decía ella mirándole- Mi Miguel.
Jorge cogió un taburete y se sentó al lado de la anciana. Le pareció que de pie se le notaria mas su incipiente temblor de piernas. ¿Pero qué estaba haciendo? Engañar a esa adorable abuelita. Si parecía que ni salida de un cuento. Tenía el pelo absolutamente blanco, radiante. Se notaba que se había puesto guapa para la ocasión. Llevaba los parpados pintados de color verde. Cierto era que el derecho se apreciaba de un tono mas clarito que el izquierdo, pero incluso ese detalle la hacia mas entrañable. Jorge no dejaba de repetirse para sus adentros que era despreciable. ¡Como podía ser tan ruin!
- Tienes muchas cosas que contarme. –expresó Margarita- ¿Como te ha ido todos estos años? Al principio recibía tus cartas regularmente pero luego… es normal. No te culpo, cariño.
Jorge vio a la anciana cubrirse los ojos con sus temblorosas manos.
- Murió el abuelo. Dijo finalmente.
El joven quiso disculparse pero ella se apresuró:
- No. Toca el violín para mí.
El chico palideció al instante. Su boca empezó a hacerse pastosa, sus pupilas se dilataron y sus manos empezaron a sudar.
- Sé que no habrás traído tu violín ¡pero ven!
Dijo la abuela levantándose con esfuerzo del sillón. Jorge la siguió, completamente aterrado. Lo llevó a una habitación repleta de adornos infantiles. En la cama descansaba un pequeño violín.
- ¡Es tu primer violín! ¿te acuerdas, cielo?
- Claro abuela.- Jorge se acercó al instrumento y lo acarició con la yema de sus dedos.- Como olvidarlo abuela.- Recorrió su contorno hasta que una lágrima salada se estampó contra la madera pulida.
- Abuela- dijo Miguel mirándola. Ella también lloraba.
Se abrazaron entre sollozos y ese instante, a partir de ese instante fueron realmente nieto y abuela.
Poco a poco se fueron relajando sin dejar de llorar. La tensión se desvanecía. Los secretos inconfesables se diluían, como instantes antes el azúcar de su café, y se convertían en realidad.
- Vamos al comedor, cariño.
Jorge asintió y antes de salir de la habitación la vio. Una guitarra.
- ¡Abuela! dijo medio riendo de la emoción. ¡Hoy voy a tocar la guitarra!
Todavía tenía una lágrima recorriendo su nariz, se la secó y cogió la funda negra.
Tocó un par de canciones en la sala de estar y por un fugaz segundo en la mirada de su abuela vio a una amiga con quien compartió una noche sin estrellas, entre cojines y olor a especias, risas y acordes que el desprendía; como ahora.
A la tercera canción Margarita apoyó la cabeza en el lateral del sillón y cerró los ojos. Dormida se quedó. Y dulcemente le entró la muerte, imaginando que su nieto era el que tocaba la guitarra. Que Miguelito la acunaba en su lecho con una nana de despedida. Que seguía teniendo su mancha blanca de nacimiento en el cuello, y que le seguía llamando yaya. Creyendo creer que ese sí era su Miguelito. Mentira azucarada que se llevó como equipaje.
Epílogo
Jorge no quiso cobrar su recompensa.
Todos los familiares de la difunda Margarita recibieron su parte proporcional en el testamento que ya había escrito varios meses antes de su muerte.
Mamen cada primer domingo de mes le pone flores a su madre. Es la única que la visita.
Jorge, ahora, en su desordenada habitación, al lado de su guitarra, guarda la foto de su abuela Margarita.
Del "Diari 1918", de J.V. Foix.
Fa 1 setmana


